La Venta de Borondo. Por Fidel Piña Sánchez

Hubo un tiempo en que las ventas funcionaban como los actuales moteles de carretera, lugares al borde del camino donde el viajero podía reponerse en su viaje. Hasta digamos bien entrado el siglo XX y la llegada del automóvil, fueron elementos estratégicos en el sistema de comunicaciones en España, repartidos por cañadas y sendas. Sitios donde los arrieros paraban al anochecer, después de una jornada de viaje, para cenar y dormir. Sitios de paso. Nosotros, que en general tendemos a despreciar casi todo lo antiguo, desconocemos cómo se organizaban aquellos edificios. Pero en ellos todo estaba bien pensado. Funcionaban con la precisión de un reloj suizo.

La entrada y el paso de carruajes conducían a un gran patio interior para maniobra de los carros, lugar que solía estar empedrado y libre de barro. En las cuadras donde se guardaban las mulas se organizaban las filas de pesebres. Las bestias se ataban de una anilla en el muro de tapial con una soga de la longitud suficiente para que el animal pudiera cabecear y comer su propio grano, sin molestar a la mula vecina _haciendo famosa la expresión atar corto.

En otra parte del edificio. alrededor de la gran chimenea donde se decía que podía caber un carro cargado de leña, se reunían los pastores y transeúntes para cenar, charlar y jugar a cartas antes de irse dormir. Y dormían junto a sus mulas, junto al calor de sus cuartos traseros, evitando sus coces.

Cuando llegaron las carreteras de asfalto, estos edificios quedaron obsoletos, marginados en caminos poco o nada transitados. Al principio, algunas se reconvirtieron en casas de labor. Luego, … ni eso. Pasados unos cuantos años, la falta de mantenimiento facilitó que el agua se colara por las cubiertas, pudriendo las maderas. Y aquél agua filtrada resbaló por los tapiales de tierra erosionando la costra que los protegía. A la vuelta de una década, algunos de esos muros empezaron a ser un montón de arena suelta.

Existe entre los términos de Daimiel, Bolaños y Manzanares un edificio así llamado la Venta de Borondo. El edificio hace tiempo que empezó a sufrir el proceso de deterioro descrito, pese a estar protegido como bien de interés cultural. Las administraciones autonómica y local no disponen de recursos suficientes, y los propietarios no pueden hacer frente a su conservación. En fin, lo de siempre. Una pequeña asociación de daimieleños, quijotes amantes de su tierra, sus costumbres y su patrimonio, pelean para que el edificio no acabe siendo eso, otro montón de tierra. Me han pedido colaboración y, con sinceridad, … no se muy bien cómo ayudarles. Pero la aventura es apasionante.

Fidel Piña Sánchez (Arquitecto)

Fuente de la noticia: Objetivo de Castilla-La Mancha

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